LOS
TICS: CARACTERÍSTICAS, ORIGEN Y MALENTENDIDOS.
Los tics
son movimientos rápidos, repetitivos, que afectan principalmente
a la musculatura de cara, cuello y, en menor grado, tranco y extremidades.
Surgen generalmente entre los 6 y 16 años y son más frecuentes
en niños que en niñas. Los tics se manifiestan en forma
de sacudidas musculares de breve duración, por ejemplo, parpadeo
o movimientos del cuello, pero también pueden expresarse como
fragmentos de movimientos más complejos, imitando gestos y posturas
habitualmente realizadas en la vida normal.
La mayoría
de las personas con tics no sufren ningún proceso patológico
grave ni progresivo y generalmente no impresionan de enfermedad. Estas
y otras peculiaridades han hecho que los tics se consideren "una
manía", "nervios", reacción "psicógena"
a conflictos, etc. dentro de la más pura doctrina psicosomática
freudiana. Como ejemplo baste decir que, hace unos diez años,
un conocido y veterano neurólogo español sentenció
en un programa de televisión: "niño con tics, familia
con problemas".
Todo un
manifiesto psicosocial, actualmente desacreditado.
Los tics
y todo el cortejo de síntomas que pueden acompañarse representan
un trastorno del control del movimiento y de la conducta completamente
involuntario, patológico y secundario a una disfunción
cerebral, conceptualmente semejante a los procesos anormales que provocan
descargas epilépticas, jaquecas o temblor. Las personas con tics
"no pueden dejar de hacerlos".
Es erróneo,
falso y contraproducente plantear el control de los tics desde la perspectiva
de la voluntariedad, aprendizaje o castigo. De idéntica manera
que nadie se plantea controlar las crisis epilépticas o el temblor
parkinsoniano a través de tales mecanismos conductistas.
En un
número alto de personas, los tics son transitorios durante una
época de la infancia y, en otra proporción, son crónicos
pero afectan únicamente a músculos concretos (los de la
cara y cuello más frecuentemente), por lo que no representan
un problema médico. Por el contrario, cuando son muy intensos,
generalizados y crónicos dan lugar a una entidad patológica
característica, conocida como síndrome de Tourette (en
honor al neurólogo francés que lo describió a finales
del siglo XIX), que puede comprometer la adaptación social de
las personas que lo padecen.
El síndrome
de Tourette tiene las siguientes características:
tics múltiples
generalizados que también afectan a la musculatura de la garganta
y fonatoria, dando lugar a múltiples sonidos tales como carraspeo,
soplidos, chasquidos, etc.
En una
proporción de pacientes se acompañan de emisión
de palabras sueltas o frases cortas (frecuentemente obscenidades comunes),
repetición de gestos y ejecución de gestos obscenos frecuentes
(por ejemplo, el "corte de manga").
Además,
el síndrome de Tourette puede presentar trastornos más
complejos de conducta en forma de obsesiones y compulsiones, hiperactividad
y trastornos de la atención.
Todo este
cortejo sintomático tiene una incidencia variable en cuanto a
intensidad en la misma persona y en cuanto a su presentación
en miembros de una misma familia. Resulta fácil entender que,
en las formas graves, la combinación de tics, gestos, intranquilidad
y compulsiones, que aumentan notablemente con la tensión emocional,
ocasione enormes problemas en la convivencia familiar, escolar y laboral,
a las personas con síndrome de Tourette que, por otra parte,
no sufren generalmente ninguna limitación intelectual ni física.
De hecho, existen ejemplos bien conocidos de personas con Tourette con
gran éxito como deportistas, músicos o incluso como políticos.
Es por
ello muy importante obtener un mejor conocimiento de este proceso y
hacer entender a la sociedad que los tics y el síndrome de Tourette
suponen una manifestación anormal de ciertos circuitos cerebrales
que debe ser estudiada y tratada con la misma eficacia que cualquier
otro proceso neurológico o psiquiátrico.
Los mecanismos
cerebrales íntimamente relacionados con el origen de los tics
no son bien conocidos pero, existe indudablemente un componente genético.
Hasta la fecha no ha sido posible definir una mutación concreta
con el síndrome de Tourette porque la alta variabilidad en la
presentación de los síntomas dificulta los estudios de
asociación genética y porque posiblemente hay más
de una mutación implicada, es decir, se trata de una enfermedad
poligénica.
Las personas
con síndrome de Tourette que requieren tratamiento suelen responder
adecuadamente a fármacos que bloquean la acción de la
dopamina en el cerebro. La dopamina es una molécula pequeña
y relativamente simple, que funciona como neurotransmisor, es decir,
comunicador de las señales entre neuronas, principalmente en
una región del cerebro conocida como los ganglios basales. La
dopamina modula la actividad del estriado (putamen y caudado), que son
núcleos implicados en la realización automática
de los movimientos y en el aprendizaje. La secreción rápida
e intensa de dopamina se asocia en condiciones normales con situaciones
placenteras concretas (por ejemplo, una chocolatina) y con la atención
a estímulos novedosos que tengan relevancia para el individuo
(por ejemplo, el sonido del timbre para salir de clase).
En el
síndrome de Tourette se considera que existe una alteración
bioquímica que provoca un aumento en la disposición o
actividad de la dopamina estriatal. Este exceso de estimulación
dopaminérgica sería la base que origina los movimientos
incontrolados y la dificultad para estarse quietos o concentrarse. Debe
entenderse por tanto que los pacientes con Tourette sienten "la
necesidad" de moverse con una intensidad y urgencia que supera
el control voluntario, si bien no pueden inhibirse durante períodos
o situaciones concretas.
Resulta
como si el exceso de actividad dopaminérgica estuviera provocando
una reacción similar a lo que ocurre tras la ingesta de ciertos
fármacos o drogas. De todo lo dicho, se deduce la importancia
de realizar un diagnóstico correcto de esta situación
y de valorar las posibilidades de tratamiento antes de que los problemas
afectivos y sociales derivados de una mala comprensión y adaptación
al trastorno deriven en limitaciones y secuelas difíciles de
recuperar en personas que, por lo demás, deben ser equiparadas
y contar con las mismas posibilidades de desarrollo que la población
general.
El tratamiento
de los tics y sus trastornos asociados es sintomático, es decir,
no existe una curación del proceso en la actualidad. El enfoque
terapéutico depende de la gravedad de los síntomas.
Cuando
los tics son de leve intensidad y no se acompañan de trastornos
de conducta, lo más recomendable es la abstención farmacológica,
centrando la acción médica en que el paciente y su familia
comprendan las características del problema y el pronóstico
positivo que tiene.
Por el
contrario, si los movimientos involuntarios son muy intensos y frecuentes,
alterando la tranquilidad propia y en compañía de la persona,
entonces está indicado el tratamiento farmacológico. Existen
varios fármacos capaces de reducir el exceso de actividad dopaminérgica
y controlar los tics, que usualmente son bien tolerados y no provocan
somnolencia o trastornos de memoria, lo cual es muy importante en niños
y adolescentes en período de aprendizaje.
El trastorno
obsesivo-compulsivo que puede acompañar el síndrome de
Tourette puede resultar algo más difícil de controlar.
Cuando requiere tratamiento farmacológico, éste debe ser
específico y puede precisar del concurso de un especialista en
psiquiatría, lo cual debe aceptarse con naturalidad y sin ningún
tipo de temor.
Muchas
manifestaciones del síndrome de Tourette resultan difíciles
de deslindar de alteraciones de conducta presentes en la juventud actual
y asociadas aun estilo de vida y modelo educacional. En la práctica,
resulta a veces difícil analizar y concluir con objetividad si
unos determinados rasgos de conducta son secundarios a impulsos "incontrolados"
provocados por el trastorno neuroquímico del Tourette o representan
"malos hábitos y malacrianza" o incluso que la persona
con Tourette se aproveche de su situación para realizar acciones
que normalmente serían punibles.
Cuando
estas situaciones alcanzan extremos complicados, resulta necesario establecer
una terapia multidisciplinar en la que el paciente sea atendido no sólo
por el neurólogo y/o el psiquiatra, sino también por un
pedagogo o psicólogo.
La evolución
a mediano y largo plazo del síndrome de Tourette es excelente
en la mayoría de los casos. Existe un período de alta
dificultad que coincide con el momento vital de máxima actividad,
tal como la adolescencia y juventud, donde el sujeto se enfrenta por
primera vez a situaciones y a toma de decisiones importantes y que suponen
una fuente de estrés. A partir de la tercera década de
la vida, la inmensa mayoría de pacientes están bien controlados
o se han adaptado a los síntomas, no suponiendo un problema mayor.
Debe admitirse
que, en una proporción pequeña de pacientes, la evolución
es tormentosa, no consiguiéndose un control adecuado de los síntomas,
lo cual provoca una desadaptación afectiva y social de máxima
trascendencia para la persona y sus seres queridos.
Es altamente
probable que los importantes avances neurocientíficos que están
ocurriendo se traduzcan también en una mejor comprensión
de las patologías asociadas al exceso de actividad dopaminérgica,
conduciendo aun mejor y más adecuado tratamiento de los tics
y sus trastornos asociados.