Francisco
Javier (Profesor)
Mi
niño Tourette
Esta mañana, al salir de mi segunda clase, cuando en
el ratito del recreo me dirigía a entrevistarme con el
padre de una alumna de mi grupo que necesitaba hablar conmigo
se me ha acercado mi niño Tourette. Quería decirme
algo. Yo sabía que, antes de las vacaciones de Navidad,
el último día no vino a mi clase porque tenía
que ir al médico que lo trata.
Un saludo
relativamente corto pero afectuoso, como suele ser por su parte
siempre que se dirige a mí, y mi pregunta
para saber lo que quería, ha bastado para que, tras poner
su mano derecha sobre mi hombro izquierdo y mirándome
fijamente a los ojos y con cara de circunstancias y preocupación,
me dijera muy serio “Javier, malas noticias”.
Nada más saludarme he recordado lo del médico
y que quedamos en que me informaría de sus avances porque
cree en mi y se siente apoyado dentro de la ayuda que yo, que
sólo soy su “profe de mates” como dicen los
críos, puedo darle.
Me ha dolido
escuchar que su médico le dijo que ha caído
en picado, que está muy mal. He tratado de animarle, de
prestarle mi ayuda en lo que haga falta. Me ha contado que en
mi clase de ayer se encontró fatal y, al preguntarle por
el ambiente, los compañeros y todo lo que le rodeaba,
confiesa que fueron las ecuaciones que hemos comenzado a hacer.
Le he tratado de hacer ver que se las puedo explicar cuando y
dónde quiera, que ese no es el problema, que él
vale mucho más que todas las ecuaciones de todos los libros
juntos y que debemos vencerlas y que, si no se puede, tampoco
se acaba el Mundo. Se trata de buscar la forma de avanzar, de
ser fuerte y plantar cara al desaliento que le está machacando.
La idea de los amigos para salir cuando note que se está yendo
abajo no sirve porque me ha dicho que no tiene.
Ante todo
esto me siento mal. Poco puedo hacer cuando me dice que se
dirige a ver a la orientadora del centro para ver si lo
puede atender en algún momento. Un ratito después
me lo encuentro por las pistas de deporte y me cuenta que va
a quedar con él un día para hablar. Añade
que cuando vaya el viernes al médico, al que tiene que
volver para subirle la dosis y que no siga cayendo en picado,
vendrá a contarme lo que le mande tomar. Este crío
confía en mí y sólo porque cuando viene
le escucho, le doy algunas palabras de ánimo y le ayudo
a ver el horizonte algo más claro.
Estas navidades
en una cena entre psicólogos y pedagogos
y alguna persona más, coincidí con el orientador
que lo llevó en Primaria. Me preguntaba si conocía
a este chico y me hablaba de la gran persona que era, que él
personalmente vino a nuestro centro a traer información
sobre el alumno por considerar que era un caso que merecía
la pena que no se perdiese en el grupo, dando pautas para tratarlo
para que fuese poco a poco saliendo a flote como hasta aquel
momento.
Hoy dos
cursos casi después, nadie ha comentado absolutamente
nada a los profesores que damos clase a este alumno del problema
que tiene. Recuerdo que en la primera reunión fui yo quien
tuvo que decir que este chico tenía el síndrome
de Giles de la Tourette a mis compañeros. Todavía
en este momento nadie, repito absolutamente nadie, ha dicho nada
de nada. Eso sí, a pesar de la información que
el orientador anterior se molestó en traer en persona,
este chico fue ubicado en el peor grupo que se ha conocido en
la historia de nuestro centro, en el que el ambiente relajado
que necesita nunca pudo darse y, más aún, fue machacado
por algunos de sus compañeros impunemente, sin ningún
pudor lo que trajo como consecuencia un montón de faltas
de asistencia, y nunca pasó nada.
¿Desconocimiento? ¿Negligencia? En cualquier caso
el perjudicado siempre es el alumno que tiene que sufrir este
tipo de situaciones de incompetencia y a mí me desespera.
No lo puedo remediar. Me hierve la sangre.
Francisco Javier Lozano
Ldo. en Ciencias de la Educación
9 – 01
- 2008